¿Quiénes fueron las víctimas del Caso Almería?

Ver todo lo recopilado del caso Almería

Los asesinados

  • Luis Cobo Mier, asesinado con 29 años
  • Luis Montero García, asesinado con 33 años
  • Juan Mañas Morales, asesinado con 24 años

Las familias, madres y padres que tuvieron que luchar por defender la justicia en España frente a los crímenes de Estado y la Guerra sucia en España, un capítulo que todavía no se ha cerrado.

  • La Madre de Juan, María Morales
  • La madre de Santander
  • Hermano Francisco Javier Mañas Morales

¿Quiénes son los Asesinos y Torturadores del Caso Almería?

11 Guardias Civiles implicados directa o indirectamente.

  1. Teniente Coronel Castillo Quero : 24 años de cárcel y expulsado de la Guardia Civil
  2. Teniente Gómez Torres y expulsado de la Guardia Civil
  3. Guardia Civil Fernández Llamas: 12 años de Cárcel y expulsado de la Guardia Civil
  4. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  5. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  6. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  7. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  8. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  9. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  10. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)
  11. Guardia Civil Desconocido: (Absuelto y no expulsado de la Guardia Civil)

La familia Cobo consigue aclarar con la policía de Santander que su hermano no es un etarra, que se trata de una confusión.

…Cuando un alto mando de Granada llega a Almería a apuntarse la medalla del éxito y se encuentra con el resultado, sale inmediatamente de regreso. No son medallas lo que de aquel cuartel podía llevarse. Era ya la muerte…

…Gracias a que un sector importante de la prensa, que no se dejó intoxicar por la campaña que la Guardia Civil, con el consentimiento del Ministerio del Interior, que pretendía, para más crueldad, insistir en que si Mañas, Cobo y Montero no eran terroristas, serían colaboradores o podían tener algún pasado oscuro que justificara los crímenes que se habían perpetrado…

…Tuvieron que asistir vestidos de paisano,…

Testimonios para la historia

Las madres de las víctimas –María Morales, María Luisa García y Dolores Mier– se rebelaron como tres madres coraje

Sus voces, sus lutos, sus acusaciones contra los verdugos, los elogios a la honorabilidad de sus hijos, calaron en la opinión pública y en los medios de comunicación. La fortaleza de estas madres representó también la fuerza del abogado Darío Fernández. Sus testimonios, recogidos en directo en sus casas, donde sentían el vacío de sus hijos, o en el lugar de la muerte en el caso de la madre de Pechina, han quedado como ejemplo de unas personas oprimidas que no se dejan avasallar ni claudicar ante la injusticia.

La madre de Pechina. 
Cuando María Morales cerró la ventana de su casa, sintió que todo el luto de Andalucía, ancestral y riguroso, se le volcaba sin piedad. Juan no volvería más por aquel camino de naranjos y limoneros. Seis meses después se secaron los árboles del azahar. Y Pechina parecía toda una madre con velo negro.

“Yo me asomaba y me asomaba a la ventana, por detrás de los naranjales que se ve la carretera. Y me decía aquel coche será, aquel coche será… Esperando que fuera un coche verde. Y no llegaban. Y muchas horas esperando hasta ponerme nerviosa. Y cómo no me iba a poner, si ya estaban mataícos.

Yo estaba la noche del sábado haciendo los bocadillos para la fiesta de la comunión del niño. Sobre la una nos acostaríamos. Y como la vecina tiene llave y ella se quedaba hasta más tarde porque tiene hijos mocicos, me acosté pensando que a lo mejor a ella le habían pedido la llave y habían entrado sin que nos diéramos cuenta. Pero cuando mi niño me despierta y me dice mama, vísteme. Y yo le digo que se calle, que va a despertar a su hermano y a sus amigos. Y el chiquillo y también mi Antoñico me dicen que no están aquí, que están las camas vacías. Eran las seis de la mañana. Me levanto a ver y le digo a mi marido, José, que están las camas vacías. Pues si no están. Me visto, salgo corriendo para decirle a mi Antoñico que llamara a la residencia a ver si había pasado algo. ¿Quién se iba a figurar esto? Y dijeron que no, que allí no habían entrado. Y ya mi marido se levantó, y buscamos a mi hijo, el casao, y a todos, y se fueron a buscarlos. Llamamos por teléfono a todos los sitios del mundo. Y nadie decía nada… Nada de nada. Así toda la madrugada, toda la mañana del domingo y toda la tarde del domingo y yo no sé cuantas horas, Dios mío, buscando por todas partes, y en los cuarteles no les decían nada. Y ya estaban asaícos. ¡Qué lástima! Tanto como llamamos… Si ellos estaban tan tranquilos, bailando una cancioncilla que sonaba en la tienda de Roquetas donde estaban comprando y los detuvieron, con las manos en alto, sobre los cristales, como si fueran… ¡Hijos míos…!

Y cuando le dijeron a mi marido que su hijo era de muy buena leche, pero que iba con malas compañías, nos pusieron a dudar hasta que mi Antoñico llamó a la familia Cobo, que teníamos el teléfono porque llevaba una tarjeta en su bolsa, y les dijo ¿es que tu hermano es de la ETA o algo…? Y le contestó su hermana ¿Mi hermano? Siempre ha estado en contra de eso. Luis es amigo de la Guardia Civil y es amigo de todos… Unas familias buenas, honradas y trabajadoras como la nuestra. Pero si dicen que le dijo mi hijo a uno de los guardias ¿Pero es que no te acuerdas los cafés que yo te he puesto en Los Sevillanos? No conozco a nadie, son órdenes que tengo. Hombre, pero si son órdenes que tenéis, pues si son órdenes y sabéis que es de Pechina, llamar a ver qué es lo que pasa, y no dejarlos así, sin hablar, con las manicas para arriba.
Como decía mi hijo, que es una injusticia, que es una injusticia… que lo dejaran llamar por teléfono, que lo diría una pila de veces y no quisieron… Y si yo llego a saber, madre mía, lo que le iban a hacer, pues si todo Pechina se hubiera ido para allá a decirles quién era mi Juan. Si a nosotros nos conoce la Guardia Civil, vaya si nos conoce, si al cortijillo venían a tomar café, a tomar copas y ahora nos ven y parece que se esconden. Y eran amigos, amigos del alma de mi marido, y les daba mandarinas y tomaban café y no venir ahora a enterarse a Pechina, pero si él ha dicho de llamar por teléfono, que está muy cerca la casa, que Pechina está al lado de Almería, pues si el chiquillo ha dicho que es de aquí, pues no, pues no… que estarían ciegos.

Por aquí tengo las cartas que me escribía… Mama… Estaba loco con su trabajo. Setenta y dos mil pesetas que cobró el último mes. Desde que tenía catorce años trabajaba en los bares y luego se fue de voluntario a la Renfe y ya hizo los cursos y se metió en Feve. A mí me mandaba veinte mil, quince mil, diez mil, lo que podía y según cobraba. Porque tenía que pagar el alquiler de un piso en Santander, que tenían que pagar entre cinco muchachos, cinco mil cada uno. Y se tenía que vestir, y comer…

Mi Juan trabajaba de registrador de línea. Nunca nos quería decir el trabajo que estaba haciendo porque era muy peligroso. Él decía que no hacía más que poner enchufillos. Y luego cuando fuimos a Santander a recoger sus cosas, sus compañeros nos decían:
–Lo que ha hecho su hijo nadie lo ha conseguido. Es que el Mañas tenía muchos pantalones…

Al niño le habían hecho la foto de la comunión antes de celebrarla. Y cuando llegaron la noche del viernes estuvieron viendo al chiquillo… Y mi Juan le dio a su hermano cinco mil pesetas de regalo, cinco mil pesetas, como que le dijo:
–Vaya, que el regalo más grande va a ser el mío.

Era la primera vez que sus amigos venían a Almería. Y en qué mala hora, hijos míos… El año pasado habían estado otros amigos, que ahora están en Valencia, donde mi Juan también quería ir a trabajar. Porque aquí en Almería no podía, porque no hay Feve y el pobre tenía que buscar la manera de estar más cerca de su casa.

Tantas horas buscándolo, mi marido y mis hijos… Desde el sábado que se fueron hasta el lunes por la tarde, a las ocho o así, que nos lo dejaron traer. Porque nos enseñaron tres sobres y en cada sobre unas cosas de cada uno, pedacillos de ropa que quedaban. Me llamaron a mí y me dijeron:
–Pase usted, que tenemos que hablar en privado.
Y pasamos.
–Me tiene que decir usted si esto es lo que llevaba él.
–Sí…
–¿Esta ropa?
–Sí…
–¿Ésta?
–No, no, ésa no es de mi hijo.
–¿Y las cadenas…?
–La de las tres cruces sí es de mi hijo. Esa otra que está quemada, no…
–¿Bueno, me da usted la palabra de que no va a abrir la caja?
–No la voy a abrir.

Cómo vendría mi hijo. Para ver un pedacico de carbón… Y luego me dijo que si me quería hacer cargo de los otros dos y yo le dije que no, que si es que los otros dos, Cobo y Montero, no tenían familia. Conque en una cochera grande que tenemos, donde íbamos a celebrar la comunión, lo colocamos… Donde íbamos a celebrar la fiesta… Como un pedacico de carbón.

Todas éstas son fotografías suyas, en el bar, en la mili, con las amigas, en la boda de su hermano, que él fue el padrino. Ésta es la foto que ha aparecido en tantos periódicos, la de la pajarita, porque iba de padrino en la boda de su hermano el mayor. Y aquí tengo pedacillos de cráneo, achicharraos, que yo misma he encontrado en el sitio de Gérgal… Yo misma los busqué, sí… Quemaícos… Esta cruz, que está quemada, se la daremos a la familia de Luis Cobo. La cadena con las tres cruces está en la joyería para que la limpien. Nosotros vamos a la carretera donde dicen que los mataron, porque no se sabe si los mataron allí… Y hasta nos ponen dificultades para ponerles la cruz de mármol que ha pagado el hombre del bar de Los Sevillanos de Benahadux, donde trabajaba mi hijo antes de irse a la mili. Allí hay una cruz de palo, que no sabemos quién la ha puesto, y más abajo, donde estaba el coche, hemos preparado una obra provisional hasta que se ponga la cruz. Allí vamos a poner flores. Algunos días nos han quitado las flores. Poníamos los jarrones, llenos de claveles, y al momento, nos íbamos, y pum, pum, los rompían. Y ya dije, vamos a acechar, a ver quién se atreve. Y ya las respetan, porque no les queda más remedio.
(…)
El dinero no ha aparecido. Y eso es lo de menos. Porque si lo hubieran dejado hablar por teléfono… Es que no me conoces, si yo soy de Pechina, ¿es que no me conoces? Llamad a Pechina, llamad a mis padres, a la casa de la vecina… ¡Madre mía de mi vida, que si llaman hubiera ido Pechina entero, madre mía!
Y luego decían que si este piso nos lo habrían comprado los de la ETA. Sí, y los de Roquetas, que también decían que iban allí a comprar pisos. Setecientas cincuenta mil pesetas. con muchos plazos, nos costó este piso, subvencionado. La cartilla con sus ahorros la tenía mi hijo aquí; yo se la guardaba. Tenía trescientas veinte mil pesetas. Con la pila de años que llevaba por ahí fuera… Ahorros de trabajo. Qué lástima, hijo mío, tanto sudor y tanto como le ha costado ganar esos cuarticos, que no he querido yo gastarle nunca nada. Y en este último viaje me dijo:
–Mama, este viaje no me metas nada en la cartilla, porque con los gastos de la comunión y tó…

Hijo mío, y para qué ha servido. Para la lápida, para la funeraria, para… Con el trabajo tan duro que tenía. Un trabajo muy duro. Qué lástima. Me dijo que se había comprado un reloj, ahí lo tengo, con un pito, verde, porque se pasaba las horas muertas estudiando, que él llevaba todos sus estudios y papeles p´alante, para ser más, para subir. (…)

Si llevamos pasado… Seis meses y pico muy malos, muy malos, y los que nos quedan. Con lo que a él le gustaba venir por su casa y salir al campo con nosotros. Ahora está tó muy seco. Las naranjas se han secado. La sequía ésta es muy mala. Ya no salimos, más que al cortijillo para quitarnos de aquí los domingos y a poner flores… Y por las noches, todas las noches sin dormir y pensando y pensando y cuando nos acostamos, hijo mío, y nosotros durmiendo y cerquita de aquí que lo estaban matando…

Vamos a llegarnos a ver la lápida, al cementerio, que tengo aquí unas flores. Por todo este camino los trajeron, con una cola de gente… ¡Qué lástima!

¡Ay, Juanico, hijo mío! ¡Ay, qué lástima de mi hijo, madre mía…! Voy a por el agua y le ponemos las flores… ¡Ay, Juanico, que tú estés metío ahí, hijo mío, con veinticuatro años Juanico, hijo mío, en la flor de tu vida, sin frío ni calentura!

La madre de Muriedas.
 Seis meses después, María Luisa no estaría sintiendo el aire fresco y sano de la montaña en un caserío de Escobedo de Camargo, de haber sabido que su hijo Luis había sido asesinado. Porque ella no tenía noticias de que su hijo iba a adentrarse involuntariamente en zona de guerra, ni en terreno pantanoso. Para ella la culpa de vestir de negro la tiene la carretera. Y no es lo mismo guardar el luto resignado de la muerte por enfermedad, por accidente, por el destino, que la carretera es muy larga del Norte al Sur, kilómetro a kilómetro hasta mil. Como no es lo mismo pasear el luto de guerra por un vencido que por un vencedor. Si por una víctima inocente, por confusión, reconocida por la justicia o por los gobernantes, o por una muerte no aclarada, al contrario, enturbiada y obligadamente oscura. De haber conocido las circunstancias que rodearon la pérdida de su hijo Luis, el más pequeño de cinco hermanos, el corazón le hubiera pegado un trallazo, le hubiera volado la cabeza hasta la inutilidad, le hubieran fallado las piernas de setenta y seis años y su luto sería más de martirio diario, que de recuerdos, rezos y resignaciones. Socorro, la hija de Muriedas, se esforzó en aquel momento de la mala noticia por no gritar abiertamente a la injusticia para que la madre no la oyera. Apagó el televisor, enmudeció la radio y avisó a las vecinas que no hablaran de penas negras con su madre. Luego, mandó bajar a Vicenta, la hermana menor, para que viniera a recoger a la madre y la llevara a un caserío, donde no pudiera oír, que hay mil formas de morir y que una de ellas, la de su hijo, había sido como en la guerra, una muerte precedida de interrogatorios y rubricada con balas.

María Luisa no sabe la verdad. Tampoco esa gran mayoría, que políticamente llaman silenciosa, a la que dijeron que un coche con etarras esposados se escapaba y hubieron de acribillar a los tres fugitivos, que también podían ser delincuentes, y que no había después más remedio que comunicar sus muertes por medio de nota oficial al viejo estilo, frío, deshumanizado, incluso triunfalista. ¿Por qué no decir la verdad? María Luisa hubiera muerto. Y la mayoría silenciosa hubiera sentido desamparo; y también la indignación que no interesaba; y hubiera exigido responsabilidades y, entonces, los gobernantes pensarían que no están para dar explicaciones y que un pueblo acostumbrado a notas oficiales, una más, echaría tierra encima para olvidar y pasar a otro tema.

La madre subió al caserío a distraer la soledad con el verde de los prados y el calor de los nietos. Ella hubiera deseado, años antes, permanecer agarrada a su tierra, en Fuentes de San Esteban, en Salamanca. Su vida había sido desgarrada por la emigración, como una de tantas madres castellanas, gallegas, extremeñas, andaluzas… Se le fueron los hijos en busca del trabajo. Faustino, en Barcelona. María Luisa, en Madrid. Socorro y Vicenta, en Santander. Y Luis, el pequeño, también. Y ella, viuda, fue detrás, cargando con todo el desarraigo, en busca de los hijos. Había dejado un campo, que ella había trabajado, la casa donde le nacieron sus hijos, y sus muertos, y sus familiares, y sus calores y sus fríos, su corazón entero. Volvería después cada verano a la casa del pueblo a dar un poquito de calor a los cuartos vacíos. Iba con su hijo, Luis. Ahora, no piensa volver, con el luto no se viaja, aunque tendrá que multiplicarse entre las miradas al cementerio de Muriedas, donde está Luis, y el de Fuentes de San Esteban, donde reposan los restos de su marido y de todos sus antepasados. Las madres de la emigración no saben dónde acudir. Así de grande es su pena. Ni saben dónde enterrarán a sus hijos, si en España o en el extranjero, si morirán en sus casas o en cualquier lugar del gran peregrinaje. A Luis lo sorprendió la muerte a mil kilómetros al sur. Mil kilómetros de vida hacia el sur, de un mar a otro, del Sardinero, al Zapillo; y mil kilómetros de muerte, vuelta hacia arriba, de un mar a otro mar, con el cuerpo embalsamado.

María Luisa ignora que las radiografías daban en el cuerpo de su hijo cinco balas. Supo sólo de una muerte por accidente y maldijo la mala hora que a Luis y a sus amigos se les había ocurrido hacer un viaje tan largo, tan largo que no tenía retorno. Y ella sigue sin saber qué extraño secreto le guardan las montañas. Más abajo, en Muriedas, Socorro, su hija, sí tuvo que enfrentarse al huracán inesperado, que soplaba del Sur y entraba en su casa abriéndola de par en par hasta inundarla de muerte.

La madre de Santander.
 Hubiera deseado volverse mar bravío de Cantabria y avanzar en oleaje hacia el Sur arrasando la tierra hasta dar con su hijo perdido. O convertirse en sueño y flotar por las nubes con el hijo, Luis, llevándolo por la vida, sin que nadie se lo rompiera, guardiana y madre. Dolores Mier hubo de sujetarse fuertemente sus gafas para que no se le cayeran al suelo, en el momento de sentir el zarpazo de la mala noticia. Los ojos se le llenaron de lágrimas hasta nublársele la vista. Luego… jamás logró sobrevivir al sobresalto.

“El dolor no se puede medir. No, no, en una tragedia de éstas no se puede medir. De ninguna de las maneras. Y cuando estoy sola, pues pensar y llorar cuando nadie me ve. O si se me ocurre algo me pongo a escribir. Me dio el pronto y me decidí a escribir al Rey Juan Carlos.

Santander 5-10-81
D. Juan Carlos I
Rey de España

La que se dirige a su Majestad es Dolores Mier D.N.I. 13.514.740, madre de Luis Cobo Mier. Detenido y asesinado vilmente por la guardia civil en la noche del día 9 al 10 de mayo de 1981 en Gergal, Almería, éste es el “caso llamado Almería” a donde habían ido con dos amigos a la primera Comunión de un hermano del amigo.
Después de este trágico error convertido en un triple asesinato (…)
Cuando los mataron ya sabían que eran inocentes que no eran los que buscaban, pues el teniente Feijoo ya les había mandado toda la información que no podía ser más que buena como era él y buen Español.
Sus Majestades que son padres, ¿no creen que es mucho para una madre que está inválida y casi ciega? Que me han quitado el cariño y el sustento de mi hijo y lo más dolorosa de la manera que me lo han quitado, siendo un buen Español lo hayan tratado de etarra y de delincuente común. No señor no era ni lo uno ni lo otro. Así que pueden pedir informes y que el nombre de mi hijo, así que pido que el nombre de mi hijo quede públicamente limpio como él lo tenía; mientras esto no sea yo, su madre, me será muy difícil perdonar.
Él no pensaba más que en su trabajo y estudios, pues a los 27 años tenía 3 títulos pequeños pero su trabajo le había costado para poderse situar, Bachillerato Instituto Villegas, Padres Jesuitas, Metre de Hostelería, Escuela Santa Marta, Servicio Militar Voluntario en Getafe, subvencionado por metalurgia de Acerías. El de Contramaestre de Maquinaria de colada continúa en donde estaba empleado.
Por esto pido algo muy sencillo y justo que públicamente se sepa cómo era mi hijo. Cómo los mataron, por qué los mataron, y quienes los mataron y los que los mataron no vuelvan a vestir el uniforme, que mi hijo siempre respetó.
Gracia que espera alcanzar de sus Majestades, una madre triste y humillada, por el trato recibido.

Respetuosamente Dolores Mier
un ruego, y un favor, que ésta llegue a su Majestad.

Dolores Mier, vda. de Cobo
Magallanes 25-3-D Santander

Días después recibí una carta de la Secretaría de la Casa de S.M. el Rey:

]Palacio de la Zarzuela Madrid 20 de Octubre de 1981
Cumpliendo las órdenes recibidas de SU MAJESTAD EL REY, con esta fecha y número 19.258, se ha dado traslado de su escrito al MINISTERIO DE JUSTICIA.
Quedo suyo atento y afectísimo,

La firma yo no sé de quién será, a mí me parecía la del Rey, que la había visto en una revista con una dedicatoria a unos deportistas. Yo lo que quería es que la leyera el Rey, pero no lo sé, no lo sé. La firma es una raya corriente y moliente y no sé, no sé, quién firmará así.

A Rosón no le escribí, sino que me pidieron de la SER unas declaraciones cuando el ministro informó en el Congreso y yo, antes de hablar, me cogí una cuartilla y escribí lo que iba a decir:

“Yo quisiera preguntar al ministro Rosón ya que él dice que no han sido torturados ni recibido malos tratos me diga públicamente donde están los brazos y las piernas de mi hijo Luis para ir a buscarlos que son míos y los de sus amigos, una madre muy dolorida por tan tamaña injusticia”.

Sigo sin dormir. No puedo dormir. Cuando me enteré de la noticia me volví loca. La cosa es que me quedé tonta. No sabía pensar… Estaba llorando a mi hijo y me parecía que era mentira, que lo iba a ver entrar por la puerta. Que de un momento a otro lo iba a ver entrar por la puerta. No, no me lo creía. Me he dado más cuenta después. De momento me hizo mucho daño y los días después, como yo no lo había visto, tenía yo la pretensión, no sé, de verlo aparecer, hasta que ya lo enterraron.

Yo, claro que soy religiosa, muy religiosa. Y voy a decir cómo he reaccionado. Yo soy católica desde que nací. Pero sé que ahora tengo una venganza conmigo misma. Y no he vuelto ni a confesar ni a comulgar. No porque haya dejado de ser católica, que no he dejado de serlo. Pero sé que si tengo que actuar como yo entiendo el catolicismo, yo no puedo perdonar a los que han matado a mi hijo y a sus amigos. No puedo perdonar mientras no se aclare y de qué manera. Y como no puedo perdonar, no puedo ir, no puedo hacerlo. Ésa es la maldad. Sí, yo soy católica, pero no puedo practicar a mi gusto, porque tengo… No puedo perdonar a los que mataron a mi hijo. No puedo perdonar a los que mataron a mi hijo. Tan miserablemente… Una criatura tan buena como era Luis… No puedo perdonar, no puedo perdonar… Y ya no puedo seguir hablando… No puedo perdonar… Tan miserablemente…

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